La felicidad de ser un hijo del campo

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La felicidad de ser un hijo del campo

Reza el dicho que la felicidad consiste en disfrutar lo que uno hace, y hoy en día, el Sr. Juan Daniel Lara Caraza, después de 34 años laborando en el campo, puede mirar en retrospectiva y decir con toda seguridad que siempre se ha desempeñado en lo que más le apasiona.
Hijo de la Sra. María Teresa Caraza y el Sr. Rogelio Lara Pacheco (+), y el tercero de 5 hermanos; Rogelio Lara Caraza, María Eugenia Lara Caraza, Mónica Alejandra Lara Caraza y Teresa de Jesús Lara Caraza. A temprana edad dejó los estudios, llegando solo a segundo grado de secundaria, para auxiliar a su padre, a quien, hasta la fecha idolatra, en las tareas del campo, aun a pesar de las negativas de su madre ante el abandono educativo, la elección ya estaba tomada. Dicha decisión nunca la lamentó en su vida.
Su padre, de nulo estudio, pero de bastante ingenio a quien su hijo recuerda como un emprendedor, disciplinado de rutina (empezaba sin falta su labor a las 3 de la mañana), con bastante sabiduría y muy versado en las labores del campo, solía cosechar papas, ajos, cebollas y chiles principalmente, además de haber sido pionero en la cosecha del ajo jaspeado zacatecano en Calera y posteriormente extendiéndose en el estado, con semilla traída desde tierras guanajuatenses, que presentó una alternativa al ajo chino que predominaba en los cultivos.

Es hasta el año de 1992 que prendado en el amor, contrae matrimonio con Angélica Pichardo Silva, quien se convierte en su compañera de vida y con quien posteriormente, tendría 4 hijos.

En 1995 la vida le daría un golpe con el fallecimiento de su padre, pero este evento en lugar de desestabilizarlo a él, a su madre y hermanos, terminó por unirlos aún más, continuando con la dinámica que compartían como productores de campo. Una prueba más vendría en 1999, año en que se ve forzado a dejar de producir papas por las pérdidas que ésta trajo en tiempo pasado, una de las cosechas habituales de su padre se perdería y nunca la volvería a retomar. En su lugar incursionó en otros cultivos como el tomate y el maíz, así como en la ganadería, pero siempre sin perder de vista teniendo como prioridad y meta la agricultura. Cosa que asegura, no cambia por nada.

Para 2005 ya con una familia propia en crecimiento por la cual dar la cara, toma la decisión de separarse de su madre y hermanos, con quienes había compartido la siembra desde tiempos en que su padre fungía como cabeza de familia, y seguir la cosecha por su parte.

Y es así como a sus 47 años, con todo un legado a sus espaldas cimentado en creencias más fértiles que la mejor de las tierras, puede estar seguro de haber dado lo mejor de sí hacia el campo, honrando no solo a su padre, inspirando no solo a sus hijos, sino que, además, supo valorar las bondades que la naturaleza le da, supo ser un agricultor, un verdadero hijo del campo.

“Hemos tenido años buenos, regulares, malos, pero aquí estamos gracias a Dios, echándole ganas”, finaliza él con un tono de voz que hace ver, a todas luces, que es un hombre feliz.

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