Los ingenieros químicos han hecho aportaciones trascendentes en la industria tequilera. A través de varias generaciones, estos profesionistas han influido en todo el proceso de la producción y con ello, darle un soporte científico a la calidad de la bebida nacional, más allá del conocomiento empírico.

Un químico de gran perfil en el medio tequilero es Leopoldo Solís Tinoco, quien recuerda que en su caso “tuvo que abrirse camino y hacer a valer su conocimiento ante quienes ocupaban otros puestos como los paileros (los artesanos que sabían hacer los alambiques) o los encargados de los laboratorios” en las destilerías cuando él inicio su trabajo hace ya cuatro décadas.

Incluso acota, “que se tuvo que darse a valer ante contadores de las empresas que se sentían ingenieros químicos, como don Luis Villalobos en Tequila Sauza, en el tiempo de la Junta Calificadora de Alcoholes”.

Hace mención que el desarrollo de cepas nuevas de levadura especiales para desarrollar todo el bouquet del producto, fue un trabajo al que tuvieron que incurrir los ingenieros químicos en abierto desafío a quienes se oponían a esto. Cita el incidente de que una agresión física para un colega de parte de un empresario a quien le limpió su laboratorio “porque esto afectaba el patrimonio familiar”, según el criterio del tequilero.

Al respecto, resalta el famoso caballito es un recipiente inadecuado para apreciar la calidad sensorial de un buen tequila, “dado que es como ponerse un supositorio en la nariz”.
Este químico sostiene una tesis peculiar: la música clásica(sobre todo la del estilo barroco) es un aliado de la calidad del tequila, al acompañar en periodos de 200 a 250 horas la fermentación del agave, lo que origina efectos sensoriales muy agradables en el perfil aromático del producto.

Entre situaciones destacables de su trayectoria, destaca el haber rechazado un sueldo 16 mil pesos de los años 70 del siglo pasado que el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) ofrecía a los estudiantes de enología que se iban a estudiar a Europa y al Valle de Napa, porque prefirió quedarse a trabajar en fábricas tequileras.

El haberse quedado le dio suficiente conocimiento y capacidad, como para haber sido contratado para el diseño de diecinueve destilerías tequileras, a lo largo y ancho del territorio tequilero. Además de once de otros licores y alimentos.

En plan coloquial, afirma que a los químicos les tocó romper paradigmas, como aquel que decía que “el tequila era para machos, pero no para muchos”, debido a que la bebida tenía un sabor astringente y áspero.

Al respecto, me tocó la suerte de recibir “la instrucción de don Javier Sauza de enfocarme a desarrollar el consumo femenino, dado que la mujer es quien toma 50 por ciento de la producción de tequila, aunque esto no se reconociera abiertamente en el aquel tiempo”.

Tiene innumerables experiencias satisfactorias en su trayectoria profesional, como una conferencia sobre el tequila que dio “con inglés mocho” en San Luis, Missouri, cuya aprobación del público propició que de veinte minutos programados, se prolongase hasta hora y media.

Asimismo, recuerda una conferencia en Cancún sobre el tequila y el mezcal ante mil 500 invitados especiales, entre ellos prestigiados chefs europeos, en la que hubo gran interés sobre el trabajo de los maestros tequileros para imprimir a la bebidas nacionales las notas sensoriales y otras características que tiene los destilados más reconocidos del mundo.