La siembra como proceso colonizador

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La siembra como proceso colonizador

Una vez consumada la Conquista y como medio de extender el poderío, la riqueza y las tierras de la Corona Española se inicia realmente el proceso colonizador paralelo al descubrimiento y conquista de nuevas tierras. Los conquistadores iban acompañados de misioneros, que se encargaban de pacificar a los indígenas y después llegaban los españoles civiles a establecerse y formar pueblos. A medida que se extendía el territorio conquistado se volvía cada vez más difícil colonizarlas, pues fue disminuyendo la capacidad de España para enviar emigrantes; por esta razón se concedían importantes privilegios a aquellos aventureros dispuestos arraigarse en las nuevas, inhóspitas y lejanas regiones conquistadas.

Al mismo tiempo que se conquistaban nuevas tierras, la colonización daba cierto alivio a la concentración de habitantes alrededor de los lagos de la cuenca de México, lo cual creaba problemas para el reparto de tierras. Fray Diego Duran sostiene que otro de los fines de la colonización era el de aprovechar las tierras de cultivo que fueron despobladas por la guerra.

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Los colonizadores deseosos de ser dueños de todo y todos, querían controlar el trabajo del indio al grado de convertirlo en esclavo, la Corona se empeñaba en conservar la libertad del indígena y la integridad de sus tierras comunales. Hay que señalar que los naturales no conocían el significado de propiedad privada, las tierras se cultivaban para consumo de todos, las casas y los palacios no tenían puertas, si bien existía el trueque desconocían el valor monetario. Lo más cercano a una moneda era la semilla del cacao. Con estos antecedentes y en vista de la avaricia creciente de los conquistadores, la Corona se propone por una parte limitar el poder de los conquistadores y por otra defender aunque sea en papel la libre voluntad de los indígenas. A esta misma lucha se suman los frailes mendicantes de las órdenes franciscana, dominica y agustina.

Los primeros frailes mendicantes que llegan a nuestras tierras son los franciscanos y se les conoce como “los doce apóstoles de México”, llegan a México en el año de 1524, venían encabezados por Martín de Valencia y provistos por una bula papal en donde se les otorgaba no sólo amplísimas facultades episcopales, sino además un genuino mandato apostólico para establecer la Iglesia de México, entre ellos estaba además de Valencia, Fray Francisco de Soto, padre muy amado de los Tlaxcaltecas; Fray Martín de Coruña, apóstol de Michoacán; Fray Toribio de Benavente o “Motolinía” a quién los indígenas nombraron así ya que significa “pobrecito”; entro otros más, todos ellos practicaban el voto de pobreza y su apostolado era regido según el evangelio lo cual implicaba métodos sencillos y directos, similares a los que ocuparon Jesucristo y sus apóstoles.

Los votos de pobreza de los mendicantes, la doctrina cristiana de un Dios compasivo y la autoridad constitucional de los sacramentos, fueron apoyados incondicionalmente durante un tiempo por la Corona, los misioneros tenían como labor prioritaria que planteaba la evangelización, la enseñanza de doctrina, las condiciones para administrar el bautizo y el matrimonio.

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Como comentamos anteriormente en la América precortesiana no se conocía el concepto de propiedad privada, es por esto que el colectivismo agrario fue un medio ideal para el logro de la comunidad cristiana. En este esfuerzo el misionero se acercó más al indígena que los demás europeos y aún contra la voluntad de estos mantuvo la custodia de los indios “hasta el día que llegara su madurez espiritual”. Los propósitos morales de las tres órdenes mendicantes eran idénticos aun cuando se manifestaran ciertas diferencias en el desempeño de su misión. Es innegable que gracias a ellos y a los estudios que se esforzaron en realizar tenemos conocimiento de las lenguas indígenas, su estilo de vida e incluso su religión o idolatrías como se empeñaban en llamarlas. Llegaron a México con el ferviente deseo de evangelizar y proteger a los naturales, los instruyeron en infinidad de labores, entre ellas el campo y su cultivo, se implementaron sistemas de riego, se introdujeron utensilios, técnicas y reglas de operación que hicieron más fértil el campo mexicano.

Al mismo tiempo se injertan en nuestras tierras frutos que no nos eran propios y que ahora son tan nuestros. Así encontramos la primer constancia acerca de la introducción a México de la fruta europea y la proporciona Bernal Díaz del Castillo en unas líneas manuscritas, tachadas en sus borradores y no publicadas en su obra Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, en donde dice: “Yo sembré unas pepitas de naranja junto a otra casa de ídolos, y fue de esta manera: que como había muchos mosquitos en el río, fuimos diez soldados a dormir en una casa de ídolos, y junto a aquella casa las sembré, que había traído de Cuba, porque era fama que veníamos a poblar, y nacieron muy bien, porque los papas de aquellos ídolos las beneficiaban y regaban desque vieron que eran plantas diferentes a las suyas; de allí se hicieron de naranjos toda aquella región” se cree que Bernal Díaz se refería a Tuxpa o a Guazacalco, el actual Coatzacoalcos.

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Así en medio de una conquista cruenta, una idea evangelizadora, un deseo de supervivencia, el campo, el ser, la tierra, florece y se mezcla; en una tierra fértil, en manos de labradores curiosos y tenaces, crecen y se reproducen plantas y frutos ajenos, al mismo tiempo que nuestras cosechas son importadas, degustadas y sembradas muy lejos de su origen
Las flores y los frutos de los diferentes continentes se encuentran y recrean con otros soles, en otras tierras, con otras aguas. Aquí o allá la vida sigue, el sol sale y el agua canta. No somos aquello que fuimos, pero somos más. Somos naranjos dando frutos. Somos mexicanos orgullosos y solidarios. Somos el campo y sus maizales. Seguimos siendo el hombre de maíz, del que nos formaron los dioses del Popol Vuh.

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