Por: Susana Salmerón Hermosillo.

Coordinadora Estatal del Programa Especial de Soberanía Alimentaria (PESA) de la Secretaría de Desarrollo Rural.
El dieciséis de octubre se celebra el Día Mundial de la Alimentación (DMA), en el que cada año se elige un lema que busca orientar las acciones y destacar la importancia de los temas que significan impactos sociales y culturales que ayudan a superar el problema alimentario, del hambre, la desnutrición y la pobreza. En el marco de este día, las Naciones Unidas declararon el 2014 Año Internacional de la Agricultura Familiar, “Alimentar al mundo, cuidar el planeta” (AIAF).
Para la FAO la Agricultura Familiar (AF) incluye todas las actividades agrícolas de base familiar y está relacionada con varios ámbitos del desarrollo rural. La agricultura familiar es una forma de clasificar la producción agrícola, forestal, pesquera, pastoril y acuícola gestionada y operada por una familia, y que depende principalmente de la mano de obra familiar, incluyendo tanto a mujeres como a hombres.
¿Y por qué la importancia de la agricultura familiar en la lucha contra el hambre, la desnutrición y la pobreza? Tan solo hay que tomar en cuenta que hay más de 570 millones de explotaciones agrícolas en el mundo, de las cuales más de 500 millones pertenecen a familias que son responsables de al menos 80% de las explotaciones agrícolas en América Latina y el Caribe; que provee, a nivel país, entre el 27 y el 67% del total de la producción alimentaria; que ocupa entre el 12 y el 67% de la superficie agropecuaria, y que genera entre el 57 y el 77% del empleo agrícola en la Región (FAO-BID 2007). Podemos concluir entonces que su importancia radica en que es proveedor en su mayoría de alimentos tanto para las ciudades como para las zonas urbanas; y genera además empleos directos e indirectos. Las características de sus prácticas agrícolas ayudan a preservar tanto los recursos naturales como la biodiversidad en las regiones, jugando un papel importante en la mitigación y adaptación al cambio climático; y a su vez contribuye al mantenimiento de la identidad cultural asociada al consumo de los alimentos.
El 2014 se va, pero no con ello el compromiso que tienen los gobiernos de apoyar el impulso de la agricultura familiar a través de políticas diferenciadas que ayuden a reconocer su importancia en la seguridad alimentaria y la mitigación del cambio climático con una producción sostenible; a reconocer el rol y el empoderamiento de la mujer en la agricultura familiar; a generar espacios de intercambio y promoción de conocimientos con los productores que capitalicen sus mejores experiencias; y a mejorar el acceso a los mercados e inserción en las cadenas de valor.
La suma de voluntades institucionales y el cambio de los hábitos de consumo a unos más sustentables, impulsará a que la agricultura familiar ayude a erradicar el hambre, reducir la pobreza, combatir la malnutrición y mitigar el impacto ambiental.