El idioma cambia y se modifica ya que es un ser vivo que se  transforma de manera extraña o difusa, no existe explicación y los motivos no siempre son claros, ejemplo de ello es la palabra: hacienda. Originalmente significaba un conjunto de bienes. Así,  en la Nueva España llamábase “hacienda de ovejas” a un rebaño; “hacienda de indios” a las milpas, al jacal y a las demás pertenencias de los aborígenes; “la hacienda de minas” era el capital formado por los yacimientos y sus instalaciones.

Pero el significado actual, el de una finca agrícola de gran tamaño, en una zona anteriormente rural, empieza a formarse en el siglo XVIII, una vez que se consolidaron los latifundios, mediante “las composiciones de  tierra”. Pero vayamos despacio. Finalizada la Conquista, los españoles fueron obteniendo mercedes, las mercedes representaban tradicionalmente una compensación por servicios prestados a la Corona.

Era usual que se obtuvieran porciones de  tierra sin  la menor regencia a un plan en conjunto, cada quien se estableció en los lugares de su preferencia, de suerte que entre unas y otras  posesiones mediaban  extensiones de terrenos que de hecho quedaron en manos de los labradores y criadores cercanos. Los títulos de las tierras eran casi siempre irregulares, mercedes otorgados por cabildos y virreyes, sin las confirmaciones reales y compras hechas por indios no sancionadas por las autoridades competentes.

Las transacciones entre españoles a menudo eran ilegales, propagaban estos vicios y amenazaban con perpetuarlos. A todos estos vicios se le añade, como es de suponer, la usurpación de grandes superficies; por todo esto, Felipe II fundamenta en el año de 1591, la política de “composición de tierras”, a saber: El Rey Felipe II les recuerda que él es el dueño de todo el suelo de las Indias, por lo que ordena la restitución general de todas las tierras usurpadas, dejando a los indios lo necesario para su subsistencia, pero, agrega:  en lugar de confiscar la tierra y  proponer el castigo a que se habían hecho acreedores los terratenientes, se les pedía construir una poderosa flota que protegiera el comercio marítimo.

Hecha la reserva territorial para los indios y las villas, el virrey tendría facultad para confirmar, mediante la cuota que se pactara, todo el resto, expidiendo nuevos y definitivos títulos. Estas disposiciones encontraron una fuerte resistencia, para 1631 la Corona necesitaba ingresos y subastó de forma pública 650 caballerías, cada una de 43 ha, en las cercanías de Cuautla, Atlixco, Oaxaca y Toluca, y 30 estancias cerca de Querétaro (una estancia de ganado mayor equivalía a 1,760 ha y una de ganado menor a 780 ha).

Para finales del siglo XVII, se urgía a pagar las tierras usurpadas, sino era así procedería la subasta pública de las mismas. Una vez pagado lo convenido se validaban “los títulos de ventas, compras, mercedes, tierras, ingenios, trapiches, aguas… haciéndoles de nuevo la merced, con las sobras y demasías que hubiere.” Es así como se consagran ocho colegios jesuitas a cambio de 7 mil pesos y de la misma forma, los Rincón Gallardo añaden 87 estancias a su ya inmensa hacienda de Ciénaga, Jalisco, en 1697.

Al consolidarse la propiedad de los grandes latifundios, cambió la naturaleza del uso de suelo, ya que fue común la autorización para sembrar en donde quisieran, las semillas que tuvieran, sin limitación alguna.

En 1633, gracias a la perseverante acción de la Corona, asistida a su vez por los teólogos,  suprimen definitivamente los repartimientos de indios destinados a las faenas agrícolas, parecía que al fin iba a garantizarse la libertad de trabajo de los indígenas; sin embargo, el amo encontró nuevos procedimientos para retener los trabajadores en sus fincas: pagaba el tributo que les correspondía, les anticipaba algún dinero, los vestía y mandaba cuidarlos en caso de enfermedad, todo esto generaba una deuda perpetua que los mantenía cautivos. Los despojos a las comunidades, contribuyeron a satisfacer la demanda de mano de obra de las haciendas y el trabajo asumió la forma de una servidumbre tolerada y alentada por las autoridades coloniales. La llegada de esclavos negros y los arrendatarios de rancho (porción periférica que se alquilaba a gente humilde que podía prestar algunos servicios a la hacienda) completan el cuadro, y empieza a acercarse al significado que conocemos actualmente como hacienda.

La distancia entre una hacienda y otra, la frecuente lejanía de los pocos centros poblados, la dificultad de las comunicaciones y la naturaleza propia de sus actividades, las convirtieron en unidades autosuficientes, generadoras de nuevas poblaciones sujetas casi siempre a la autoridad del amo.

Se intenta preservar el patrimonio familiar, basado principalmente en la primogenitura, lo que da origen a la nobleza novohispana y a la aristocracia territorial. Los grandes hacendados, y también, aunque en menor escala, los comerciantes y mineros quisieron asociar su nombre a su fortuna, a menudo mantenían a sus costas fuerzas armadas y concurrían al auxilio de la Corona en ocasión de motines y ataques de corsarios y piratas, y eran recompensados por el rey con el otorgamiento de títulos, casi siempre de condes o marqueses. Y cuando las arcas estaban menguadas, el monarca no vaciló en conceder esas distinciones a los más ricos, de ese modo los hacendados llegaron a tener escudos de armas, blasones y títulos. Ejemplos de ellos son :  Carlos Colón de Córdoba y  Bocanegra y Pacheco, “marqués  de Villamayor y adelantado mayor del reino de la Nueva Galicia, señor de Los Paseos y del mayorazgo” ,encomendero de Acámbaro (Guanajuato), en 1625;  Rodrigo de Vivero, conde del valle de Orizaba ( principios del siglo XVII), encomendero de Tecamachalco, Puebla y dueño del ingenio azucarero de Orizaba, Veracruz; y Gabriel López de Peralta, marqués de Salvatierra (1708), donador de las tierras en que se fundó, en 1644, esa ciudad guanajuatense.

Como hemos visto, en esa época, se podía hacer casi todo, llegaba uno a un paraje lejano y se asentaba en él, trabajaba la tierra, si la suerte estaba de su lado la semilla rendía fruto, podía uno adquirir favores o mercedes, se era dueño no sólo de las haciendas sino de la población que ella contenía. Si la suerte era mucha, podía uno llegar a adquirir incluso la pureza de sangre, sin necesidad de batirse en los campos de batalla, bastaba  tener el dinero para comprar no solo tierra, sino títulos y vidas al por mayor.

Actualmente las haciendas mexicanas, son ahora reducto de un pasado ya muy lejano, la Independencia primero y la Revolución después, terminaron por suprimirlas, ahora son sólo edificios que conservan en sus paredes historias imposibles de imaginar, las más prósperas reflejan aún las  riquezas de las que fueron testigo, algunas de ellas incluso perduraron hasta el siglo XX como parte del patrimonio familiar, otras fueron vendidas y traspasadas, algunas  son ahora sitios turísticos, hoteles-boutique  o lugares de recreación. La historia cuenta que en ellas se pelearon batallas, cayeron caudillos, sirvieron de prisión, la vida mexicana transcurrió paralela a la vida de la hacienda.

La palabra hacienda, sigue su progreso, a lo mejor ahora la hacienda será sólo una porción de tierra destinada al turismo y no ya al cultivo, ya no hay amo que la rija, ni indios que trabajen perpetuamente en ella, las distancias cada vez son más cortas, y algunos cascos de hacienda se encuentran en medio de las ciudades. Talvez, mañana la palabra hacienda se refiera al edificio en sí y no a la acumulación de bienes y personas.